martes, 6 de abril de 2010

Catequesis del Padre Nuestro: Sobre las palabras "Hágase tu Voluntad en la Tierra como en el Cielo"

I. SIGNIFICADO Y VALOR DE ESTA PETICIÓN

Lo ha dicho Cristo en el Evangelio: No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mt 7,21).

Es lógico, pues, que quien quiera entrar en el reino de los cielos pida a Dios el cumplimiento de su voluntad. Y ésta es la razón de haber puesto Cristo en el Padrenuestro esta tercera petición inmediatamente después de la del reino de Dios.

Brota además la necesidad de esta plegaria del hecho mismo de nuestra pobre condición, subsiguiente al pecado original. Por él cayó el hombre en tan extrema miseria espiritual, que corre grave peligro de llegar a perder la misma noción del mal y del bien y, por consiguiente, la misma posibilidad de salvarse.

Dios al crearle imprimió en el corazón del hombre el deseo del bien. Por natural inclinación, las criaturas deseaban y buscaban la consecución de su fin, del cual sota-mente podían desviarse por algún obstáculo externo. Existía, pues, en el hombre como un instinto de la búsqueda de Dios, principio V fin de toda felicidad; instinto elevado y ennoblecido por la razón.

Las criaturas inferiores conservaron siempre este inconsciente y congénito amor del Creador. Criaturas buenas por naturaleza, permanecieron siempre y permanecen aún en la misma condición de bondad.

El hombre, en cambio, abusó del don de la libertad y no se mantuvo en el recto camino de las leyes divinas.

Por el pecado no sólo perdió los bienes de la justicia original con que Dios había enriquecido y ennoblecido su naturaleza, sino también aquella natural inclinación a la virtud ínsita por Dios en su alma: Todos se han descarriado, todos se han corrompido; no hay quien haga el bien; no hay uno solo (Ps 52,4); Los deseos del corazón humano desde la adolescencia tienden al mal (Gn 8,21)

(…)

Y, aunque lo quisiéramos, el bien que en tales condiciones pudiéramos hacer sería bien pobre cosa, de poca o ninguna importancia para conseguir la eterna salvación. Son demasiado sublimes y superiores a nuestras fuerzas humanas el amor y veneración a Dios tributados de modo digno; jamás podrá conseguir el hombre realizarlos dignamente sin la ayuda de la gracia. Porque somos como los niños inconsiderados, que sin la vigilancia materna se arrojan sobre lo primero que ven, sin reparar si es bueno o peligroso; como niños imprudentes, manejamos alegremente palabras y obras ele destrucción y de muerte: ¿Hasta cuándo, simples, amaréis la simpleza, y petulantes, os complaceréis en la petulancia, y aborreceréis, necios, la disciplina7 (Pr 1,22)'.

Y San Pablo nos exhorta: “Hermanos, no seáis niños en el juicio” (1 Co 14,20).

Mayores son nuestros errores y cegueras que las de los niños, porque a éstos no les falta más que el desarrollo y uso de la prudencia humana, a la que llegarán más tarde con la edad: nosotros, en cambio, estamos privados de la prudencia sobrenatural-necesaria para la salvación eterna-, a la cual jamás podremos aspirar sin la intervención del auxilio divino. Si Dios, pues, no nos socorre y salva con la gracia, rechazaremos los verdaderos bienes y voluntariamente nos precipitaremos en la muerte eterna.

II. NECESIDAD DE UNA LEY

En semejantes condiciones, quien por la gracia de Dios haya conseguido disipar las tinieblas del mal que ofuscan su espíritu y, bajo el látigo de las pasiones, gime por la lucha entablada entre su carne y su alma, atenazado por el espíritu, del mal que le arrastra, ¿cómo podrá dejar de sentir el deseo ardiente de una ayuda y la necesidad de una fuerza superior que de algún modo le salve? ¿Cómo no h? de implorar con urgencia una ley saludable a la que pueda conformar su vida de cristiano? Y esto precisamente es lo que pedimos cuando rezamos: Hágase tu voluntad.

Por rebelión y desobediencia a la ley divina caímos; y es de nuevo su voluntad y ley el remedio eficaz que Dios ofrece a quien invoca su ayuda, para que, conformando a ellas nuestros pensamientos y obras, alcancemos de nuevo la salvación.

Y con el mismo fervor deben pedir este cumplimiento de la voluntad divina quienes viven de Dios, y en cuyo corazón-iluminado con la luz inefable y el gozo del amor- reina ya como soberano el divino querer. Porque también en ellos-aunque vivan en gracia-subsiste la lucha y subsisten las malas tendencias, ínsitas en lo profundo de nuestro ser. La vida de todo cristiano, por privilegiado que sea, se desenvuelve siempre entre continuos peligros de volubilidad y seducción, porque en los miembros de todos permanecen activas las concupiscencias, que pueden desviarnos en cualquier instante del camino de salvación (4). Por esto nos avisaba el Señor: Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca (Mt 26,41).

No está en la mano del hombre, aunque se trate de justificados por la gracia, vencer definitivamente los apetitos carnales, ni evitar que puedan despertar cuando menos se espere; porque la gracia de Dios sana el alma de los que justifica, pero no la carne, de la cual escribe San Pablo: Pues yo sé que no hay en mí, esto es, en mi carne, cosa buena. Porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo, no (Rm 7,18). Perdida la justicia original, freno de los apetitos carnales, no puede ya contenernos la sola razón, llegando aquéllos a apetecer contra la misma razón. San Pablo ha escrito que en la carne tiene su sede el pecado, o mejor, el incentivo del pecado (5), significando con ello que el pecado reside en nosotros no como un huésped temporáneo, sino como estable y fija condición de nuestra vida humana. Combatidos constantemente desde dentro y desde fuera, no nos queda otra salida ni otro refugio que la ayuda de Dios; el auxilio divino que imploramos cuando decimos: Hágase tu voluntad.

III. "HÁGASE TU VOLUNTAD"

A) Voluntad de "signo"

La voluntad divina, cuyo cumplimiento imploramos en esta petición, es aquella que los teólogos llaman "voluntad de signo", es decir, la voluntad con que Dios significa al hombre lo que debe hacer y lo que debe evitar. Comprende, por consiguiente, todos los preceptos necesarios para alcanzar la salvación eterna, tanto en materia de fe como en materia de moral y costumbres; todo aquello, en una palabra, que Cristo nuestro Señor-directamente o por medio de su Iglesia-nos ha preceptuado o prohibido hacer. A ella se refería San Pablo cuando escribió: Por esto no seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la voluntad del Señor (Ep 5,17); No os conforméis a este siglo..., sino procurad conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta (Rm 12,2).

Por consiguiente, rezar Hágase tu voluntad equivale a pedir la gracia necesaria para obedecer a los divinos mandamientos y para servir a Dios con santidad y justicia todos los días de nuestra vida (Lc 1,74). En otras palabras: imploramos la gracia necesaria para obrar según los deseos del Señor y cumplir fielmente todo cuanto la Esentura dispone y determina como deber de quien ha nacido no del deseo de la carne, sino de Dios (Jn 1,12); para imitar a Cristo, obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Ph 2,8), dispuestos a sufrir cualquier cosa antes que desviarnos de la Ley del Señor.

Quien haya comprendido, por la gracia de Dios, la dignidad y nobleza que hay en servir a Dios, formulará esta plegaria con ardentísimo amor, porque no sólo es cierto que servir a Dios es reinar, sino también que cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12,50), es decir, está unido a mí con los lazos más estrechos del amor y de la benevolencia.

Todos los santos se forjaron en la escuela de esta petición; todos pidieron ardientemente la gracia que encierra, multiplicando, a impulsos del ardor que les quemaba, las distintas fórmulas de presentarla: Ojalá sean firmes mis caminos-exclamaba David-en la guarda de tus preceptos (Ps 118,5); Haz que vaya por la senda de tus mandamientos (Ps 118,35); Dirige mis pasos con tus palabras y no dejes que me domine iniquidad alguna (Ps 118,133); Dame entendimiento para saber tus mandamientos (Ps 118,73); Enséñame tus decretos (Ps 118,108); Dame entendimiento para conocer tus mandamientos (Ps 118,125).

B) Detestación de los malos deseos

En segundo lugar quiere ser esta invocación de la voluntad de Dios una explícita detestación de las obras de la carne. De ellas escribe San Pablo: Ahora bien: las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, disensiones, divisiones, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas, de las cuales os prevengo, como antes lo hice, que quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios (). Y en otro lugar: Si vivís según la carne, moriréis (Rm 8,12).

Pedimos, pues, a Dios que no nos abandone a los deseos de los sentidos, a nuestra concupiscencia y fragilidad, sino que rija y modele nuestra voluntad en plena conformidad con la suya.

En contraste con el divino querer está especialmente la voluptuosidad, impregnada totalmente de pensamientos, deseos y cuidados de los placeres terrenos. Sus pobres víctimas no conocen obstáculos ni límites a sus deseos impuros y ponen su felicidad en el logro de sus placeres, considerándose plenamente dichosos cuando pueden probar cuanto apetecen. El cristiano, por el contrario, pide a Dios el saber y poder resistir a las concupiscencias de los sentidos, cumpliendo en todo la voluntad de Dios (6).

Ciertamente, no es fácil resistir a las pasiones, y no pocas veces nuestra petición chocará con dificultades no pequeñas. Nos parecerá que, al hacerla, nos odiamos a nosotros mismos; y el mundo nos lo juzgará y echará en cara abiertamente como locura. Sepamos entonces aceptar el insulto por Cristo, fieles a sus consignas: El que quiera venir en pos de mí, niegúese a sí mismo y tome su cruz y sígame (Mt 16,24). Siempre será preferible lo justo y lo honesto a lo ilícito, deforme y contrario a la ley divina y a la misma razón natural, y mejor es haber luchado contra el mal por el bien que conseguir el placer del mal a costa del bien.

C) Renuncia a nuestras equivocadas aspiraciones

Y no sólo pedimos a Dios en esta plegaria que impida el mal que neciamente pudiéramos haber deseado, sino también que nos escuche cuando queremos alguna cosa que nos parece buena-engañados inconscientemente por el enemigo-, pero que en realidad es contraria a la divina voluntad (7). Sincera y buena era, sin duda, la intención de Pedro cuando trataba de convencer al Maestro de que no debía ir al encuentro de la muerte (8); sin embargo, el Señor le reprende ásperamente, porque eran las suyas, aunque buenas, razones dictadas por el sentimiento humano y no por el Espíritu divino. Expresión sincera de un gran amor a Cristo fueron, sin duda, también las palabras de los "hijos del trueno", Santiago y Juan, cuando invocaban del cielo el castigo del fuego sobre los samaritanos, que no quisieron recibir y hospedar a su Maestro; y el Señor les responde igualmente: No sabéis a qué espíritu pertenecéis; porque el Hijo del hombre no vino a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas (Lc 9,56).

Hemos de pedir a Dios el cumplimiento de su voluntad cuando nuestros deseos, aunque no se trate de cosas en sí malas, no se conforman, sin embargo, al querer y disposiciones de su divino beneplácito. La naturaleza, por ejemplo, nos impulsa instintivamente a desear y pedir todo lo que representa algún bien para la vida material y a rehusar todo lo que pueda resultarnos doloroso o difícil. Norma estupenda de oración debe ser siempre para nosotros el abandono absoluto en manos de Dios, a quien debemos la salud y la vida, como lo hizo Cristo en Getsemaní, estremecido ante la eminencia de su dolorosísima pasión y muerte: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22,42).

D) Ayuda divina

No olvidemos, por último, que, aun después de haber conseguido victoria sobre nuestras pasiones, sobre nuestros gustos y deseos naturales, y aun después de haber sometido generosamente nuestra voluntad a la divina, aun entonces tío nos será posible evitar el pecado sin la ayuda divina. Tanta es la corrupción de nuestra naturaleza, que, si Dios no nos protege del mal y nos sostiene en el bien, seguiremos cayendo aún.

Humildemente hemos de pedir en esta petición la ayuda y protección divina, suplicando a Dios que perfeccione la obra comenzada, que refrene las continuas rebeliones de nuestros sentidos, que las someta definitivamente a los deseos de la razón; en una palabra, que conforme a su divino querer toda nuestra vida y se realice su voluntad en todos los hombres (9). Abrazamos así, con nuestra plegaria, a la humanidad entera, pidiendo a Dios que el misterio divino escondido desde los siglos y desde las generaciones sea revelado y manifestado a todas las gentes (Col 1,26).

IV. "Así EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO*'

A) Como los ángeles y santos


Expresa, además, esta petición del Padrenuestro el modo de nuestra conformidad con el divino querer: "Como en el cielo"; es decir, como viven los ángeles y santos en el cielo el divino beneplácito: con la máxima espontaneidad y con la más suprema alegría.

Quiere el Señor que la obediencia y alabanza del hombre vaya siempre animada por el amor, pero un amor puro y ardentísimo; y que solamente nos estimule la esperanza del premio, en cuanto plugo al Señor infundírnosla como un nuevo don de su amor. Toda nuestra esperanza, por consiguiente, debe basarse en el amor de Dios, que quiso fijar la felicidad del cielo como premio a.nuestro amor a Él.

No es el amor el que debe depender de la esperanza, sino la esperanza del amor; de manera que, sin el premio ni la recompensa, el hombre debe amar y servir a su Señor movido únicamente por la caridad filial. El saber que con ello agradamos al Padre que está en los cielos será nuestra mayor y mejor recompensa. Otra cosa sería interés egoísta, pero nunca amor verdadero.

La expresión Así en la tierra como en el cielo índica, pues, la norma de nuestro servicio: semejante al de los ángeles, cuya perfectísima sumisión y obediencia a Dios expresaba David en aquellas palabras: Bendecid a Yavé vosotras, todas sus milicias, que le servís y obedecéis su voluntad (Ps 102,21).

San Cipriano y otros autores, en las palabras en el cielo y en la tierra ven designados a los buenos y a los malos, al espíritu y a la carne, entendiendo así la totalidad de las cosas sometidas al divino querer: todas y en todo obedeciendo a Dios (10).

B) Reconocida gratitud

Contiene además esta petición un sentimiento de reconocida gratitud. Al invocar y venerar la divina voluntad, veneramos y ensalzamos a Dios, que con su infinito poder creó todas las cosas, y, convencidos de que todo lo ha hecho bien, le agradecemos cuanto en nosotros y por nosotros se ha dignado obrar.

Él es, en efecto, la Omnipotencia que ha creado todo cuanto existe; y Él es el Sumo Bien, que todo lo hizo bien, derramando en todas las cosas su misma bondad infinita.

Y, si no siempre somos capaces de penetrar los divinos designios, acordémonos siempre de aquellas palabras escritas sin duda para nuestra limitada capacidad: ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuan insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Rm 11,33).

Acatemos agradecidos la voluntad de Dios, nuestro Padre, que nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor (Col 1,13).

V. DISPOSICIONES CON QUE DEBE RECITARSE
ESTA PETICIÓN

A) Humildad


Insistamos en la profunda humildad con que debe el hombre, de rodillas, recitar esta plegaria. Humilde, porque se ve inclinado al mal e impotente frente a sus desordenadas pasiones. Humilde y sonrojado, al sentirse superado por las criaturas inferiores en su sumisión y obediencia al Creador; mientras de ellas pudo decir la Escritura: Todo te sirve (Ps 118,91), el hombre se siente tan débil, que no solamente no puede acabar por sí solo cualquier obra buena y agradable al Señor, mas ni siquiera iniciarla sin la ayuda divina (11).

B) Alegría

Con la humildad debe acompañar nuestra plegaria la alegría más intensa. Porque nada hay ni puede haber más grande y magnífico que servir a Dios siguiendo sus caminos y conformar nuestra vida a su beneplácito, abdicando completamente de nuestra voluntad. La Sagrada Escritura está llena de terribles ejemplos y de castigos con los que Dios sabe castigar y humillar a quienes se rebelan contra su voluntad (12).

C) Santo abandono

Y junto a la humildad y alegría, sepamos poner en nuestra petición una saliente nota de sencillo y total abandono en la voluntad divina. En este santo abandono encontrará el cristiano su mayor fuente de fortaleza y fidelidad; cada uno deberá perseverar en el deber y en el bien, aunque lo valore inferior a sus méritos (13); perseverará en el deber y en el bien, aunque haya de renunciar a sus propios criterios y gustos, por uniformarse totalmente al divino querer. Todo lo aceptará de Aquel que sabe proveer, mejor que nosotros mismos, a nuestra vida, sabiendo que la pobreza, las enfermedades, persecuciones, dificultades y cruces no suceden sin o contra la voluntad de Dios, en quien hay que buscar la razón última de todas las cosas. Nada, por consiguiente, será capaz de abatirnos, ni mucho menos de hacernos desesperar. Con invicta constancia y supremo amor, siempre y en todo repetiremos: Hágase la voluntad del Señor (); o como el santo Job: Yavé me lo dio, Yavé me lo ha quitado. ¡Sea bendito el nombre de Yavé! (Jb 1,21).

(…)” (Catecismo Romano de Trento 4ª parte, Cap. IV)

Meditación:

Salmo 18


El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos; un día transmite al otro este mensaje y las noches se van dando la noticia. Sin hablar, sin pronunciar palabras, sin que se escuche su voz, resuena su eco por toda la tierra y su lenguaje, hasta los confines del mundo. Allí puso una carpa para el sol, y este, igual que un esposo que sale de su alcoba, se alegra como un atleta al recorrer su camino. El sale de un extremo del cielo, su órbita llega hasta el otro extremo, y no hay nada que escape a su calor. La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple. Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos. La palabra del Señor es pura, permanece para siempre; los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos. Son más atrayentes que el oro, que el oro más fino; más dulces que la miel, más que el jugo del panal. También a mí me instruyen: observarlos es muy provechoso. Pero ¿Quién advierte sus propios errores? Purifícame de las faltas ocultas. Presérvame, además, del orgullo, para que no me domine; entonces seré irreprochable y me veré libre de ese gran pecado. ¡Ojalá sean de tu agrado las palabras de mi boca, y lleguen hasta ti mis pensamientos, Señor, mi Roca y mi redentor!

Reflexionemos: ¿Me preocupo de cumplir la Voluntad Divina? ¿Confío en Dios, sabiendo que su Voluntad es la felicidad de cada uno?

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